El líder, el alemán y el casi adolescente

de Jorge David Muñoz Luisillo

de la colección Misterios gozozos

 

Alan bajó de su carro y, antes de cerrar la puerta, dudó si debía o no dejarse los lentes oscuros puestos: “Se me pueden olvidar, y quién sabe cuándo pueda regresar por ellos”, pensó. Se los quitó, los metió al carro, cerró la puerta y al ver su reflejo en la ventana, decidió que sí quería llegar con lentes al departamento de Marc. Abrió la puerta; se puso los lentes. Al ver su reflejo por segunda vez en el cristal, quedó convencido: “Me veo mejor “, se dijo a sí mismo, y activó la alarma del carro.

Caminó hasta el elevador sintiendo cómo su corazón se iba acelerando cada vez más; su ritmo cardiaco era tal que creyó que si alguien hubiese estado a su lado lo habría podido escuchar.  Apretó el botón del elevador. Las puertas se abrieron casi de inmediato; Alan entró sin aparente duda. Le pareció que adentro hacía mucho frío; comenzó a temblar un poco, aunque no hubiese podido asegurar si era por el clima o por los nervios. Con el dedo índice oprimió el botón número ocho y exhaló profundamente.

*

Alan y Marc se conocieron varios meses atrás, por accidente, en una videollamada. Marc, recién llegado al país, frecuentaba sitios web de ligue y encuentro; en una de sus videollamadas, con un contacto al que él tenía agregado como Chucho, vio en su pantalla pasar (por detrás de Chucho) a un joven sin camisa, delgado, blanco, de brazos y abdomen ligeramente marcados y, si la vista no le fallaba, con una delgada línea de vellos que bajaban del ombligo hasta donde iniciaba el pantalón. Como Marc y Chucho se confesaron pasivos, terminando así con cualquier posibilidad de tener sexo y como el chico que vio pasar le resultó sumamente atractivo, Marc se sintió con la confianza de pedirle que los presentara. Chucho no lo tomó a mal y aceptó.

—Antes de cualquier cosa, ¿tu amigo es activo?

—Es activo, aunque no lo parezca —respondió Chucho, y ambos rieron—. Oye —le gritó Chucho a Alan—, le gustaste al alemán. Asómate de nuevo a la cámara, para que te vea y lo veas. —le ordenó a Alan, quien se había metido a la cocina.

—¿A quién? —preguntó Alan asomando la cabeza.

—Al alemán. Ándale, ven.

Desde aquel día, Alan y Marc se reunían para tener encuentros sexuales. Marc estaba sorprendido por haber encontrado por fin a alguien que, a pesar de ser delgado, tez clara, delicado de modos y fino de rasgos, no fuese pasivo.

Desde su llegada a la ciudad, la mayoría de los contactos que invitaba a su casa y que le aseguraban ser activos, terminaban dándole la espalda y levantando el culo frente a su anfitrión en cuanto veían el bulto de Marc, y a él no le quedaba más remedio que suspirar y sacar sus dildos para poder continuar con la noche y la diversión, porque él, a diferencia de lo que muchos hubiesen deseado, no era activo ni quería serlo. Marc era: “Un alemán caliente al que le gusta que le den por atrás”, o por lo menos así se describía en las páginas de ligue. Descripción que Chucho muy amablemente le ayudó a redactar, porque el deficiente español de Marc sólo causaba malos entendidos.

*

Alan ahora se sentía acalorado. El elevador paró en el segundo piso, una señora de aproximadamente 55 años, se recargó en el marco de la puerta para poder ingresar al ascensor y de pronto, como si recordara la estufa encendida y con una expresión de susto, se dio la vuelta y diciendo que no con el dedo índice derecho, regresó a su departamento. Los nervios de Alan lo tomaron como una señal y bajó del elevador, ese “no” de dedo índice de señora de 55 años eran un: “No están bien los tríos, no está bien lo que quieres hacer. No quiero compartir el elevador con alguien como tú: triple sodomita, que además, se nota que eres pasivo”. Alan pensó en regresar a su carro, en llamar después y decir que no pudo llegar y, tras reflexionar un poco, se decidió a subir, los seis pisos restantes, por las escaleras. “Así tengo más tiempo para pensarlo” pensó.

Subir seis pisos a pie no es cosa fácil. Llegó ligeramente sudado, podía sentir el sudor en sus axilas y en la entrepierna, esto lo excitó aún más, lo hizo sentirse más sexi y con la convicción y seguridad que da el sudor, tocó el timbre. El “ding dong” aceleró su corazón más fuerte de lo que lo hizo el ascensor y los pasos detrás de la puerta le hicieron contener la respiración; el momento había llegado: por fin estaría en un trío. Con el índice izquierdo, Alan se empujó los lentes que el sudor había hecho resbalar y se paró lo más derecho que pudo. El sonido de la puerta abriéndose fue tan fuerte, que Alan juró que la señora del índice juicioso, lo habría podido escuchar perfectamente.

Marc lo recibió diciendo: “Llegaste, guapo” pero esto Alan no lo escuchó, él estaba  ocupado buscando si había alguien más en el departamento, si el amigo del alemán caliente al que le gusta que le den por atrás, ya había llegado. Marc se encorvó ligeramente y Alan se puso de puntitas para poder besarlo en la boca a modo de saludo. Apenas había apoyado los talones en el piso, un casi adolescente salió de la cocina y se paralizó al ver a Alan.

Pepe, el casi adolescente, salió de la cocina secándose las manos. A juzgar por su cara, no parecía tener más de 17 años, pero ciertamente tenía cuerpo de hombre. Alan y él se quedaron viendo algunos segundos, hasta que Marc dijo: “Pasa, pasa, guapo, ya te estamos esperando”. Acto seguido Pepe se acercó y estiró la mano hacia el recién llegado. Alan observó la mano del casi adolescente y la encontró grande, recorrió con la mirada desde los dedos de Pepe hasta su brazo, era una mano y un brazo grandes, velludo, moreno, algunas venas le saltaban, buen músculo, definitivamente Pepe iba al gimnasio, Alan imaginó entonces cómo estarían dentro de pocos minutos, desnudos los tres, jugando, oliendo, lamiendo, metiendo. Sonrió, se quitó los lentes.

—Mucho gusto. Alan —dijo y le dio un apretó fuerte de manos, no quería que Pepe pensara que él no era fuerte también.

*

A pesar de que los tres hubiesen querido comenzar de inmediato, se sentaron un rato a ver la tele, hablaron de cosas sin mucho sentido y Alan se preguntaba si esperarían a que se terminara el programa para entonces empezar con el cachondeo o si sólo estaban esperando a que alguno tomara la iniciativa, en todo caso Marc era el indicado, era su casa, el de mayor edad, el de más experiencia, pero al mismo tiempo creía que Pepe, al ser el más joven y probablemente el más inexperto, debía dar señales de estar listo para que los otros pudieran comenzar. Qué lío, qué falta de reglas y de claridad.

Sin planearlo, Alan se pasó la mano por la entrepierna, sintió un poco de comezón y se frotó ligeramente, esto llamó la atención de Marc, quien estaba sentado en medio de los dos mexicanos, al percatarse del efecto de su movimiento, Alan bajó el ritmo y tras subir y bajar la mano dos veces más, se agarró por encima del pantalón el bulto que ahora se veía más prominente y lo jaló ligeramente hacia arriba. Después hizo como si nada hubiese pasado y siguió viendo la tele, pero algo había pasado, Marc ya estaba frotándose también con la mano derecha. Con la izquierda tocó la pierna de Alan y fue bajándola hasta su rodilla. Pepe, al otro lado del sillón, ladeó su cuerpo y se recargó en el descansabrazos para poder ver mejor, Marc, al ver que el casi adolescente con cuerpo de hombre se alejaba, cambio de mano y se frotó con la izquierda mientras, con la mano derecha, apretaba la pierna de Pepe y la jaló ligeramente hacia él como diciendo “La acción está aquí, no allá.”

Pepe se acercó al alemán caliente de tal modo que sus piernas quedaron una pegada a la otra. Alan, al ver que todo había comenzado, separó un poco más las piernas para poder meter con más facilidad su mano dentro del pantalón. Marc miró a Alan y acercó su boca a la de él. Sin dejar de frotar la entrepierna de Pepe, Marc y Alan se besaron. Alan sacó rápidamente su mano, porque no quería excitarse tanto, ni tan pronto, en su cabeza el trío duraba una hora, por lo menos, así que debía tener cuidado con el ritmo. Marc se separó de Alan y jaló a Pepe para que se sentara en sus piernas. Pepe se acomodó casi en las rodillas del alemán caliente, Marc metió sus manos por debajo de la playera de Pepe y Alan se acercó para olerlo. Al sentir la nariz de Alan, el casi adolescente tembló un poco, Marc notó la reacción de Pepe y acercó su nariz a su cuello. Pepe jamás había sentido tanto temblor recorriendo así su cuerpo, su respiración se cortó y pasó sus manos al torso de Marc, justo debajo de sus axilas húmedas, cuyo calor le hizo cerrar los ojos.

Marc levantó las manos de Pepe para quitarle a playera, Alan se hizo hacia atrás para darle espacio y poder ver el cuerpo del casi adolescente, Marc le desnudó el torso y le detuvo los brazos, para que los dejara arriba. Alan no sabía qué parte quería probar primero, Pepe tenía un pecho lleno de vellos recién crecidos, los pezones estaban saltados esperando ser mordidos, su abdomen estaba muy marcado y subía y bajaba por la respiración agitada. Sus axilas tenían vellos cortos, abundantes y muy oscuros, olían ligeramente a sudor y no había rastro alguno de desodorante, Marc se fue directo a lamer la axila izquierda, parecía que él no tenía qué pensar y Alan, al ver la reacción de Pepe con la lengua del alemán, se fue a la axila derecha, “A este hay que mandarlo la próxima vez por las escaleras para que esté más sudado, más salado, más rico” pensó Alan, mientras lamía, mordía y aspiraba el olor de Pepe el casi adolescente con cuerpo y olor de hombre.

Marc se detuvo y le preguntó a Alan “¿Vamos al cuarto? ” Alan dijo que sí, a Pepe nadie lo consultó, como si él no pudiese tomar decisiones, como si él estuviera ahí para complacerlos a los dos.

*

Dos días atrás, Alan le confesó a Marc que siempre había tenido ganas de hacer un trío, pero que no sabía ni cómo plantearlo o proponerlo, Marc le dijo: “Pues acabas de hacerlo”. Alan sonrió y pensó en decirle que no, que era sólo un comentario, pero para qué retirar una oferta que solita se había puesto sobre la mesa, para qué retirar algo que no debía ser retirado. Marc le dijo entonces que había estado chateando con un chico que seguro iba a aceptar. Alan pensó en pedirle una foto para poder aprobar la elección, pero después se arrepintió al imaginarse que alguien, en alguna parte, estuviese mostrando fotos suyas para aprobación de encuentros sexuales. Al día siguiente, Marc llamó a Alan para decirle: “Ya está todo listo, Pepe aceptó”.

*

En la habitación las cosas se pusieron un poco complicadas y enredadas. Alan, Marc y Pepe tenían problemas para acomodarse, quién besaba a quién, quién agarraba qué, de pronto a dos se les ocurría ir al mismo sitio, de pronto Pepe y Marc se volteaban al mismo tiempo, mostrando ambos la espalda a Alan, ofreciéndole el culo, el de Marc, un trasero blanco, pequeño en contraste con su cuerpo y el de Pepe, un culo redondo, bien formado, parado, sudado, que con sus manos separaba y abría ligeramente, como diciendo “Aquí va tu lengua, tus dedos, tu verga, por si ya te olvidó”. Alan se sintió aturdido. No había coordinación. Aquello era una confusión de manos, bocas, lenguas, penes y culos. Todos querían tomar la iniciativa y a veces los tres querían ser tomados por los otros dos. Tras una pausa y tras, quien sabe por qué, recordar a la señora del elevador, Alan decidió asumir el liderazgo, aceptar el rol que ellos le impusieron. Con una nalgada simultánea indicó a sus compañeros de cama que él daría las órdenes, que él marcaría el paso, con una nalgada mandó un mensaje hasta el segundo piso, a la señora del índice acusador, diciendo: “Aquí está su triple sodomita, su pasivo.”, con ese sonido, con esa nalgada doble, le dijo a ella y al mundo: Esto durará más de una hora, y cuídense todos que después de esto ningún dedo de señora ni ningún elevador me van a detener.

 

MISTERIOS GOSOZOS es una colección de cuentos de Jorge Davi Muñoz Luisillo, de la cual se desprende LO TENEMOS LEVANTADO HACIA EL SEÑOR, obra de teatro que se presenta todos los sábados en la Sala Novo del Teatro La Capilla.

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