¡Bailo por Armando Vega-Gil, la primera víctima del #MeToo en México!

«Más vale un final terrible, que un terror sin final…»

El fin de semana pasado fui cuestionado acerca del video viral donde una mujer emplea sus mejores pasos de ‘vogue’ para una protesta pacífica, al tiempo que gritaba «¡bailo por todas las que ya no están y las que sufrieron!». El asunto es que a mí me dio mucha risa, no por la protesta, sino por lo risible que resulta el video y el contexto… las mismas personas que me cuestionaron muy molestos al respecto, se mostraron contentos en redes sociales la mañana del lunes tras la lamentable noticia del suicidio de Armando Vega-Gil.

Armando, a quien tuve la fortuna de conocer, fue señalado por una mujer que se escondió en el anonimato, de haberla acosado sexualmente a la edad de 13 años. De inmediato fue el blanco de ataques por las y los entusiastas del movimiento #MeToo en México, quienes antes de investigar, o siquiera preguntar, decidieron con una mano en la cintura, que él era culpable, pues «las víctimas van primero». La verdadera víctima de que este movimiento sea en redes sociales y no bajo lo que dicta la ley, es nuestro país.

A lo largo del día y al ver las reacciones en redes sociales, una vez más perdí la fe en mi país, en mi gente y sobre todo en la inteligencia de los seres humanos, porque una cosa es hacer y compartir memes de una situación chusca que involucra un mal ejecutado baile, y otra muy diferente es celebrar y vanagloriarse de que un hombre se haya quitado la vida gracias un movimiento a todas luces mal encaminado. Es una aberración.

Este lunes, no solamente un hombre perdió la vida debido al linchamiento público, a no poder defenderse de alguien que soltó la pedrada y escondió la mano; un hijo perdió a su padre; una familia quedó mutilada; una de las agrupaciones de rock mexicano más emblemáticas ha desaparecido; la música mexicana perdió a una de sus leyendas; la cultura perdió a un prolífico escritor (32 libros para ser exactos), cineasta, guionista, narrador, cuentista, poeta, columnista y fotógrafo aficionado. Armando Vega-Gil, era más de lo que un o una cobarde puede decir detrás de una pantalla.

#YoNoLesCreo a las personas que denuncian de manera anónima, y peor aún a las que lo hacen por medio de una red social; no les creo a las personas que exigen que nadie se burle de una chica que hace un baile gracioso, pero que celebran el suicidio de uno de los más grandes genios de la contracultura en México; yo no les creo, porque de ser cierto, lo correcto es acudir a una oficina del Ministerio Público para que se hagan las averiguaciones correspondientes; no les creo, porque cuando vieron el fruto de su acoso, cerraron los canales de comunicación del movimiento, y luego dijeron que «los jackiaron»; no les creo porque se burlaron de Armando, y de su legado al decir que su suicidio fue «para difamar al movimiento» y que «fue un chantaje mediático».

El movimiento #MeToo se ha desvirtuado a sí mismo al manejarse de una manera tan irresponsable, pero aún peor son las personas que sirven de inquisidores, que hacen conjeturas de manera tan visceral. Como lo dijo Mariana H, esta tarde en Excelsior TV: «Que Armando fuera un acosador es sólo una de las posibilidades… este caso no tenía que haber terminado en un suicidio, si hubieran sido ciertas las acusaciones, hubiera terminado en la cárcel, o si no, se limpia su nombre absolutamente».

Armando Vega-Gil, ya estaba muerto antes de quitarse la vida, cómo lo dijo en el audio difundido esta misma tarde por Víctor Salcido: «Aunque se supiera la verdad y se aclarara, incluso penalmente, ya me hicieron polvo… me voy a quedar sin trabajo, la gente va a ir abandonándome, porque a una editorial no le conviene tener a alguien que está en entredicho».

 

Irónicamente, Armando Vega-Gil fue reconocido por su activismo, por promover acciones contra las agresiones a la población femenina (como su novela «Rockboy y la rebelión de las chicas»), misma población que hoy quiere bailar sobre su tumba. Su protesta pacífica contra el señalamiento y la irresponsabilidad de que los movimientos sociales se den detrás de una pantalla, tristemente se ha convertido en motivo de burla.

 

Ulises Rodríguez

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