Las agujetas de Isaac

Por: Jorge David Muñoz Luisillo
Fotografía: Tania Velasco

 

Durante el desayuno, Mateo apenas dijo cinco palabras:

—Gracias, No, Sí, Está, Bien.

La primera, cuando su tía Sarah le dijo:

—Provecho, buenos días.

—Gracias

La segunda, cuando le preguntaron si quería más comida.

—No.

La tercera, cuando su tío Abraham, con el sartén en la mano, incrédulo, preguntó:

—¿Ya te llenaste?

—Sí

Y la cuarta y quinta, cuando le pidieron que ayudara a su primo Isaac a ponerse los zapatos.

—No seas malito, Matiu; amárrale el zapato a Isaac.

Amárrale. Mateo Jaló aire. No. No jaló aire: fue más bien un pequeño ruido. No: un pequeño jadeo.

—Ah

Más fuerte.

—Aaaah.

No tanto. Y se olvidó de respirar por unos segundos, hasta que su tía le repitió:

—Matiu, amárrale el zapato.

—Está bien.

Mateo sólo atinó a decir.

—Está bien.

Dijo.

—Está bien.

Pero nada estaba bien. Algo ocurría en la cabeza de Mateo. Algo se había puesto en marcha con ese “amárrale” de la tía Sarah.

Isaac, su primo, que todavía no sabe atarse las cintas…

—Aunque ya está en edad de hacerlo.

Se acercó a Mateo con pasos torpes, con zapatos demasiado grandes para él (pero que estaban de oferta y una oferta no se puede rechazar). Llegó hasta su primo y dio un pisotón como alpinista que ha conquistado la cima de una montaña nunca antes explorada; un pisotón que quería decir:

—Ya dijeron mis papás: amárrame los zapatos.

Y sonrió mostrando sus dientes chuecos.

De leche, pero chuecos.

Mateo puso una rodilla en el suelo, y, en la rodilla que quedó al aire, dio unos pequeños golpes, como diciendo.

—La montaña es acá.

Isaac, aceptando el reto de subir al monte, subió su pié derecho en la rodilla piedra de montaña, perdiendo un poco el equilibrio y recuperándolo con la ayuda de su primo que, con reflejos de gato, lo tomó del antebrazo rápidamente, generando un casi aplauso; (aplauso) ese sonido, ese seco sonido (aplauso), erizó la piel y aceleró el corazón de Mateo. Isaac se agarró de la mesa y, tras una pausa, y, viendo que su primo no hacía nada, preguntó:

—¿Ya quedó?

Mateo parpadeó y sacudió la cabeza para desaparecer el cuarto de Simón y a su cuerda blanca al que ese sonido lo había transportado. Tan sólo se necesitó de un (aplauso) para estar de regreso en la habitación de Simón: con cuerdas, correas, máscaras, sexo.

Inhaló y exhaló para regresar a la cocina de sus tíos; para regresar a los sartenes: A los sartenes calientes, a los platos sucios, a las cortinas húmedas, a los imanes en el refrigerados de lugares a los que nunca han ido… y a los que nunca van a ir.

Creyéndose a salvo, por lo menos del recuerdo, sonrió y tomó las agujetas de Isaac, quien trataba de agarrar un pedazo de pan que estaba justo en medio de la mesa, moviendo su pie sobre la rodilla-peldaño de su primo, haciendo imposible la labor. Mateo lo tomó de los hombros para que dejara de moverse, lo tomó casi de la misma forma en que Simón lo había sujetado la noche anterior. Jaló aire nuevamente.

—Esto no está bien. No está bien pensar en esto con tu primo enfrente.

Mateo se apuró. Tomó las cintas. Intentó pensar en algo más y ató el zapato derecho; perdiendo la tranquilidad justo en el momento en que jaló las orejas del moño. El comportamiento de las agujetas al apretarse dilataron las pupilas de Mateo y el roce de la agujeta consigo misma, el ruido provocado por esa mínima fricción de cinta lisa y que sonó cien veces más fuerte sólo para él, le endurecieron los pezones.

Soltó el lazo; quitó el pie de Isaac su rodilla-piedra de montaña-peldaño y se incorporó para irse a su cuarto. Cuando comenzaba a alejarse, Isaac le gritó:

—Mateo, te faltó hacer así.

Mateo volteó; vio cómo su primo hacía un segundo nudo en sus agujetas, nudo sobre nudo. Amarre sobre amarre. Amarre cuyo comportamiento y ruido retumbaron en su cabeza y en su cuerpo, podía sentir nudos por todas partes; entonces Simón de Sillocotla (a quien conoció en una casa en Valsequillo y amarra como japonés, pero es de Sillocotla) apareció ante sus ojos y le sonrió, mostrándole un pedazo de cuerda blanco:

—Ven, déjate amarrar y pegar. Te va a gustar.

Mateo llevó su mano a la boca, como si sus gemidos de la noche anterior pudiesen regresar y delatarlo; como si su aventura de la noche anterior con Simón de Sillocotla (que no es japonés, pero amarra como tal) pudiese quedar completamente expuesta ante Sarah, Abraham e Isaac.

Mateo dio la media vuelta y se fue a su cuarto aún con la mano sobre los labios; quitándola antes de entrar a la recámara, para decir:

—Que te amarre el otro zapato mi tía, yo no puedo.

Dicho eso, se volvió a cubrir la boca y, con la otra mano, cerró la puerta.

 

*** El próximo sábado 23 de marzo comienza la cuarta temporada de “Lo Tenemos Levantado Hacia el Señor” y Revista King Mx será la madrina de temporada ***

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