Carta a ti. (parte 1)

Mi abuela aún pregunta mucho por ti: “¿Y como está Laurita? Hace mucho que no la veo, ¿ya no son amigas ustedes dos?”
Yo solo le digo que estás ocupada, que aparte de que ya no estamos en la misma escuela te agarraste un trabajo de medio tiempo, y que seguimos en contacto, lo que sea con tal de no decirle la verdad.
Creo que te extraña casi tanto como yo; bueno, no realmente como yo lo hago, pero no estoy segura de que tuviera tan buena opinión de ti si supiera toda la verdad, aunque siendo honesta, si le contara todo, lo primero que haría ella seria correrme de la casa: “primero una nieta muerta que una lencha”, diría seguramente.
Aun recuerdo todas esas tardes que nos encerrábamos en mi cuarto cada que notábamos que mi abuela prendía la tele con el volumen tan alto que no le era posible oírnos; aun me rio pensando en los orgasmos que tuve teniendo de ruido de fondo los diálogos ridículos de sus telenovelas.

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La angustia me carcome a veces, ¿sabes? (deberías saberlo, tengo mucha retorica para ti todavía), la angustia y la culpa, saber que no hice nada por nosotras cuando al final tú hiciste todo por mi: Siempre fuiste la que me empujaba a hacer cosas, la que me motivaba, la que primero le brindó su amistad pura y honesta a la bichita rara del salón que nadie quería voltear a ver; no fuiste solo mi primera amiga de verdad, fuiste la única que necesitaba. Te tuve frente a mi en tanta ocasiones al principio, donde todavía no oía siquiera el sonido de tu voz, y ya te imaginaba tocándome, besándome.

El día más impactante de mi vida fue cuando me viste a los ojos, y me preguntaste simplemente si te podía ayudar con lo que teníamos de tarea de geometría analítica. Pudiste ver como mi cara se convertía en segundos en un enorme jitomate, y no dijiste nada, solo me sonreíste, y mientras señalabas los números con tus dedos me di tanto asco a mi misma cuando tuve que hacer uso de todas mis fuerzas para no acercarme y besar uno de ellos.
Me enseñaste como cuidar mi cabello, a evitar que mi piel se volviera una colección de granos y a maquillarme para verme bonita para los chicos, a pesar de que cuando me decías como ponerme labial los únicos labios que quería tener junto a mi eran los tuyos. Me hiciste ver que era valiosa, qué jugaba bien al futbol, qué era buena en las matemáticas y la historia, qué era bonita, qué el chico que quisiera estar conmigo seria el más afortunado del mundo.

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Y cada que me decías algo así me rompías el corazón más y más. “Ella nunca va a estar con una tortilla fea como tú”, me repetía cada noche. Mi abuela me veía llorar y siempre tenia que decirle que era porque el chico que me gustaba tenia novia.

“Hijita, si están destinados el uno para el otro, él eventualmente lo sabrá”.

Quizás eso es lo que nunca me hizo rendirme, y cómo en vez de sentirme triste de que jamás me verías de la manera que deseaba, le agradecía a Dios por tenerte en mi vida de la manera que fuese. Incluso cuando me dijiste que te gustaba el chico que terminó siendo tu novio por casi año y medio me alegré por ti, porque verte feliz fue para mí la mas grande dicha.
A veces me siento un poco mal por él: siempre te dedicó tiempo, fue bueno contigo, nunca fue celoso, incluso al final lo acepté lo suficiente para hacer llevadero nuestro trato, a pesar de que cada día me carcomían los celos, y en realidad lo odiaba con toda mi alma porque era él quien tenia derecho de tomar tu mano y no yo.
Cuando cortaron estábamos a unas semanas de terminar la prepa, y tu simple respuesta fue “no pienso seguir con él si vamos a estar tan lejos”, así como él se iba a otra universidad, yo también lo haría ¿Quizás yo también te perdería para siempre?

Por primera vez en meses te quedaste a dormir en mi casa; mi abuela estaba extasiada, le dije desde el día anterior y la comida que nos preparó fue una pequeña celebración para ella y para mi, finalmente te tenia de vuelta, aunque fuera unicamente por el verano, eras toda mía otra vez.
No paramos de platicar ni de reír esa noche, vimos películas, hablábamos de lo que nos iba a deparar el futuro y de cómo me ibas a extrañar. Luego te acercaste a mi, recargaste tu cabeza en mi hombro como siempre te gustaba hacerlo, y me dijiste que yo era lo más preciado que tenias en tu vida. Yo solo pude corresponderte moviendo la cabeza.
Decidimos en ese momento irnos a dormir.

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No podía conciliar el sueño, me mantenía viendo al techo sin querer moverme un milímetro para no despertarte. De repente, volteaste hacia mí y no pude evitarlo más. Me di cuenta que seguías dormida y poco a poco me acerqué.
Te intenté besar, pero ese ya tan familiar sentimiento de auto desprecio reapareció por enésima vez; me gritó que me detuviera, así que te di la espalda mientras comenzaba a sollozar del coraje y del asco a mi misma.

Y luego te sentí abrazándome por detrás, y las únicas palabras que me susurraste al oído fueron “gracias”.

Tomaste mi mejilla con tu mano, y me volteaste hacia ti.

Mis lagrimas no pararon por un solo momento mientras me besabas por primera vez.

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