Opinión

Siempre Juntos (Parte 2)

Cuando desperté me encontraba en aquella habitación y una de las hermanas intentaba detener el sangrado de mi pie, no había sido un sueño.

Po: Arturo De La Cruz

En memoria de Mario Gálvez Melo quien en vida fuera gran amigo y ser humano y al que le debo mucho el haber vuelto a escribir

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Hay veces en que los besos pueden esperar…

Después de entrar en la habitación su padre, pronunció un par de palabras que no entendí a lo cual él asintió con la cabeza y disculpándose salió de la habitación, una vez solos el señor se sentó junto a mi me miro y dijo, – parece increíble que seas tú-.

Palabras que no comprendí. Tomó mi rostro para observarlo detenidamente, para mi sorpresa una intensa luz dorada emergió del centro de la habitación obligándonos a cubrirnos los ojos, un extraño olor se apoderó de la habitación, un olor extraño, a viejo, un olor a muerte, una dulce voz femenina provino de aquella luminosa columna pronunciando unas palabras que no logré entender pero tal parecía que él sí.

De pronto la voz comenzó a relatar una vieja leyenda la cual hablaba de un penoso presagio, un sacrificio se llevaría a cabo, el sacrificio de un padre a cambio del verdadero amor de su hijo varón, qué quería decir con esto, no lo entendía era demasiado confuso para mí debido a la manera tan metafórica de aquel relato. De pronto de la luz emergió una mano de delicados dedos largos blancos descarnados hasta el hueso, y señalando el pecho del hombre, un rayo de luz le hirió de muerte, quise correr a auxiliarlo pero una fuerza superior me lo impidió, una vez hecho esto emergió nuevamente aquella mano y esta vez apuntó a la herida en mi tobillo, por un momento pude ver el rostro de un ser que a pesar de no saber cuál era la manera correcta de llamarlo, reconocí de inmediato. Su rostro descarnado y su hermoso atavío blanco revelaron su temible identidad, un rayo de luz  abría una herida en mi ya lesionado pie, un intenso dolor invadió mi cuerpo, a tal grado que estuve a punto de perder el conocimiento, lo último que escuche fue aquella voz diciendo la sentencia de aquel designio, antes de dos horas deberíamos confesar a una doncella virgen a quien nuestro corazón amara a tal grado que ese amor pudiera vencer a la misma muerte o de lo contrario aquellos estigmas en nuestro cuerpo causarían nuestra penosa muerte.

Cuando desperté me encontraba en aquella habitación y una de las hermanas estaba postrada a mis pies intentando detener el sangrado de la llaga en mi pie, no había sido un sueño, trate de incorporarme, más no tuve las fuerzas suficientes para hacerla la chica aplicaba nuevamente el vendaje mientras una lágrima rodaba por su mejilla, -¿qué sucede?- pregunté, lentamente se aproximó a mí y susurro a mi oído, -el tiempo se acaba, puedes confiar en mí, revélame el secreto de tu corazón y acaba con tu agonía-.

No era posible que una sentencia aparentemente tan sencilla fuera un tormento al no saber a quien era que mi corazón amaba, tal vez el tiempo terminaría y jamás lo sabría, tal vez moriría esa tarde sin haberme despedido de aquellos que  fueron importantes en mi vida como mi familia y amigos. Que desdichado seria mi final. De pronto el dolor que me produjo aquella herida al indicar que mi hora estaba cerca me llevó a un estado de inconsciencia que jamás antes había conocido, un sin fin de frases flotaban en mi mente, una de ellas con más fuerza que las demás destacaba de entre el mar que se atorbellinaba: “si algún día dejara de amarte que venga la muerte y me arrastre cruel con su beso”. Al ver que el final había llegado, intenté emular en mi mente algún recuerdo que me ayudará a encontrar un rostro familiar, tal vez en ese último momento aunque demasiado tarde, sabría a quien era a quien mi corazón reservaba aquel amor inmenso jamás expresado. Poco a poco pude visualizar algo una imagen borrosa que lentamente reveló un rostro: era él, era esa sonrisa, esa caricia bajo la mesa y ese beso inconcluso, -¡Andrei!- dije en voz baja.

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Inesperadamente abrí los ojos, la chica me miraba sorprendida – ¿Es él, es a mi hermano a quien tu corazón ama?- preguntaba sin parar – ¡Es él! , ¡es él! -.

– Creo que así es, respondí-  

Cuando hube dicho esto el dolor y aquella sensación que me oprimía cesaron, me puse de pie y observé como el padre de Andrei se desplomaba en el suelo mientras él corría para sostenerlo, un beso en la mejilla y una lágrima en su pecho fue su manera de decir adiós.

-¿Por qué?, ¿Por qué murió? – no lo entiendo dije mientras desesperado rompí en llanto.

Andrei se acercó a mí y tomando mi rostro en sus manos dijo, – Así termina el presagio sólo uno de los dos quedaría con vida, ¿recuerdas? El sacrificio del padre a cambio del verdadero amor de su hijo varón, ya no sufras mas por él. Él decidió por ti, lo que hoy sucedió no fue una casualidad, Dios te puso en mi camino y la vida de mi padre sólo fue el pago por mi felicidad no lo sientas, todo tiene su porqué ahora descansa, sueña, y jamás pienses que tu vida no tiene un sentido. Vive y no mires atrás -.

Lentamente acerco sus labios a los míos y me beso por primera vez, nunca más hablamos de lo sucedido: El amor, el suicidio, el amor es dolor, o tal vez sea solo un sueño. La muerte, cómplice de mis sueños y mi más oscuro anhelo, conoce el detalle.

 

Arturo de la Cruz Medina

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