El chico que desvanece

‘Mañana no estaré. Ya me habré desvanecido para ese entonces y cuando regreses ya será muy tarde para que me encuentres. No sé bien a dónde será mi próximo destino, ni si quiera sé si podré regresar. Te extrañaré como el sol a la luna, como el mar a la arena. Perdón y gracias.’

Este fue el recado que encontré sobre la mesa aquel día. Después de que se fuera.

Lo conocí en octubre cuando la luna se ve más hermosa. Siempre me pareció misterioso. Cuándo las mujeres se le insinuaban a él parecía no interesarle. Siempre que iba algún lado mágicamente se aparecía y con una sonrisa me saludaba. Yo era muy tímido y si bien me sentía atraído hacia él no me permitía que se diera cuenta. A mi aún me costaba aceptar mi sentimientos por otro hombre.

Una noche cuando salía a comprar leche y huevos, lo vi en la entrada de la tienda fumándose un cigarrillo. Casi podía intuir que ya sabía que saldría a la tienda. Me miró fijamente, hasta que entré sin decirle nada. Así fue como me siguió por todos los pasillos. Debo de confesar que no éramos tan cercanos, si acaso nos llegamos a ver en una o dos fiestas pero para mi era un completo extraño. Pero me atraía aquel magnetismo y ocultismo que guardaba en sus ojos y boca.

¿Qué quieres de mi? Le pregunté sin más cuando salimos de la tienda. La noche era silenciosa y con una nota de frialdad. Se acercó sin más y al susúrrame al oído me dijo: desvanezcámonos juntos.

Me tomo de la mano y al besarme me llevó con él a una playa solitaria y mágica. Mi mente no podía creer lo que pasaba en ese instante. No tenía miedo, pero mi corazón no encontraba quietud tampoco. Me dijo que no tuviera miedo, que al desvanecerse podía viajar a otros lugares. Me volvió abrazar y a besar, de pronto aparecimos en mi departamento.

Esa noche no dormimos, me contó las múltiples historias que tuvo. Nos besamos, saltamos por todos los sillones y en la cama, nos volvimos a besar; reíamos sin saber la razón. Con él sentía una gran levedad que bien me hacía flotar. Me tocaba, me exploraba la piel, su sonrisa se dibujaba infraganti. Tomamos mucha cerveza y le presente a mis gatas. Después hubo un silencio y casi no dijimos nada. Parecía un sueño del cual no quería despertar jamás. Nos enamoramos de repente, brindamos por eso, brindamos por el ahora y después me desvanecí entre sus brazos con venas que saltaban de su piel canela, me dejé caer en su cuerpo velludo y estético que me invitaba a desaparecer.

‘Contigo encuentro alivio y me siento en paz, ya no quiero desvanecerme.’ Me confesó ya abrazados en cama. Me pareció tierna su mirada pues hallaba en ella una soledad incierta.

Así estuvimos por mucho tiempo, juntos, huyendo de la realidad. Apareciendo en lugares que siempre quise visitar. Con él encontraba alivio y refugio de todo ese mundo lleno de prejuicios. Varias veces intuía que quizá era un ser de otro planeta, un ángel tal vez. Ciertamente me curó de esas heridas tan arraigadas que llevaba en mi corazón.

Te amo, le decía antes de dormir y después de despertar. Te amo por desvanecer aquel horror que sentía en mi. Él me miraba fijamente y al besarme todo mejoraba. Habita en mi corazón y bien podría ser un ángel de la guarda.

Un día sin más me dijo que tenía que partir. Nunca me dio razones y admito que me quebró mi corazón también.

Nunca quise escuchar sus explicaciones. Y nunca quise odiarlo por querer dejarme. La vida siempre se trata de agradecer, dejar ir y liberarse.

Así fue como desapareció. Desvaneció con la promesa de volver a encontrarme.

Escrito por: Francisco Hernández Verdiguel.

Ilustración: @irenelemusv

gatopoeta

Me gusta escribir acerca de cosas de fantasía, amor y desamor.

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