#LetrasRubias: Sueño Oscuro

“Ese instante que no se olvida, vacío envuelto en sombras.
Vacío rechazado por los relojes, ese pobre instante adoptado por mi ternura”-
A la espera de la oscuridad, Alejandra Pizarnik.

No soy fanático de los bares gays. No me mal interpreten, he ido a muchos bares gays en mi vida sin encontrar uno al cual volverme parroquiano. La mayoría tienen música noventera repetida en bucle hasta el hartazgo tocada por djs con acceso a spotify y su afluencia, consta de las mismas personas, bebiendo la misma cerveza quemada en vasos desechables y algunos, viéndose osados pidiendo un martiní en las rocas, un mojito rebajado o un Cosmopolitan sin aceitunas, ya sabes, porque uno puede ahogarse con ellas. Nada nuevo en el endulcolorado y rosa mini universo gay de la capital del país. Así que aquella noche buscaba algo diferente. Algo fuera de la luz.

Escuche del bar por Luis quien, para esa época, se había cogido a media ciudad mientras que la otra mitad estaba en la espera de salir lastimado por él. Luis era amigo, enemigo y ex amante  de muchos y cada fin de semana, él sabía a dónde ir a perder el nombre (y en ocasiones la cartera o el celular). Por alguna razón que no alcanzo a comprender, éramos amigos. Ni siquiera sé porque éramos amigos, yo me la vivía entre libros, los dilemas con mi madre, mi fobia a las aplicaciones y esperaba (como todos), encontrar el amor sin mucho éxito. Él decía que éramos amigos porque me faltaba malicia. Yo creo que lo éramos porque en el fondo yo sí lo conocía.

Sea como fuese, Luis me dijo que fuera a ese bar. Que lo único que necesitaba era tocar tres veces la puerta y el infierno se abriría para mí. Dude, como con todo en mi vida dude, pensando en los pros y contras de ir por mi cuenta a un lugar así. Pero era viernes e ir al infierno parecía mejor plan que quedarme en casa con mis gatos mientras soñaba despierto. Me arregle, use algo de perfume, le mentí a mi madre y termine yendo. Creo que la curiosidad era infranqueable y dominaba mi razón, mi buen sentido y moralidad o, quizá, porque había un lado poco explorado de mi, un ente sombrío mordiéndome desde el interior clamando por ser liberado.

El viaje en el metro fue extraño y alucinante. Estoy seguro de que había personas a mi alrededor pero cuando intento recordarlas, evocar los detalles de sus caras: no hay nada. Ni una sola facción. Fue como sí algo hubiese cambiado mi percepción del mundo, en el instante en el que me hice de valor para ir. Fue como si todo mi universo se hubiese transformado en un lienzo blanco. Una nueva página para escribir.

Llegué a mi estación, el lugar estaba a unas cuadras oculto entre calles laberínticas, edificios de oficinas con las luces aún encendidas, restaurantes hipsterosos y casas de corte victoriano. ¿Porqué tanto misticismo? ¿Me iba unir a una secta o algo por el estilo y no estaba enterado? Sea como fuere, ya estaba caminando hasta la calle indicada. No te doy la dirección, porque como todos debes llegar por tu cuenta.

Después de unos minutos ya estaba en la calle indicada. Un callejón repleto de casas victorianas de todos los colores, tamaños y formas. Parecía un mini pueblo fantasma, con todas las ventanas cerradas y sin ningún alma en la calle. Creo que lo que me hizo seguir adelante ante tal aterrador escenario, fue la música. Se escuchaba música proveniente de una de las casas al final de la calle. La casa de color rojo ladrillo. La única que no tenía número. Decidí arriesgarme e ir. Me encendí un cigarro y comencé mi camino a la casa al final del callejón. Mis pasos cortaban el silencio mientras yo me acercaba a la fuente de la música; una vez frente a la puerta apague mi cigarro y me acerque a la puerta. Toque la puerta tres veces, justo como me había dicho Luis (dos golpes cortos y uno largo) y tal como había dicho: el infierno se abría para mí.

Mientras la puerta se abría, un halo de luz roja cortaba la oscuridad de la noche y un tipo mal encarado con antifaz me invitaba a entrar con un gesto de la mano y yo, entre como hipnotizado por el movimiento de su mano y la música de fondo. Una vez dentro, puede ver el vestíbulo a detalle el vestíbulo. Un círculo  cubierto de piso a techo por cortinas de satén rojo. No se veía puerta alguna, ni siquiera por la que había entrado. El hombre del antifaz se aclaro la garganta detrás del mostrador y sin decirme una palabra alguna, me indicó una lista de precios a sus espaldas con el costo del cover. Pague y me puso una pulsera en la muñeca izquierda para luego, abrir una de las cortinas y mostrarme un pasillo apenas iluminado con unas cuantas luces rojas cada ciertos metros. Entre y la cortina del vestíbulo desapareció detrás de mí.

Con los nervios a flor de piel, comenzaba a arrepentirme de haber ido. Regresar no era opción; el trato tan rudo del hombre del vestíbulo había herido mi orgullo y eso me ardía más que mi miedo. Así que, con todo y miedo, el camino era hacia el frente. Hacía la oscuridad.

Mientras caminaba, las paredes retumbaban a medida que iba avanzando y la música se escuchaba cada vez más cerca. Me pareció reconocer a The Organ de fondo aunque pudo haber sido Covenant o And One. No sé cuánto tiempo estuve caminando en el pasillo hasta que algo me hizo saltar, alguien me había dado una nalgada y el tipo en cuestión ahora iba delante de mí. Decidí seguirlo hasta y a medida que avanzaba vi la luz. Era tan cegadora que tuve que parpadear para acostumbrarme a la nueva luz, para cuando abrí los ojos el tipo que me había nalgueado había desaparecido.

De nuevo era otro vestíbulo, con la diferencia de que había tres direcciones. Una escalera rumbo al segundo y tercer piso, una puerta cerrada con un letrero sólo personal y, una escalera rumbo al sótano. Decidí ir hacia arriba, porque se escuchaba música y gente hablando. En el segundo piso había una barra de bar y una hilera de cuartos, supongo que eran una especie de privados. Así que seguí de largo y fui al tercer piso, en donde había una barra de tragos y un grupo grande personas. Aquí sonaba la música fuerte, clásicos de los ochentas con The Pet Shop Boys de fondo. Una vez ahí me pude relajar y fui a la barra por un trago.

-¿Qué te sirvo chico?-me decía el barman al otro lado de la barra.

-Un old fashioned, por favor…-le dije intentando respirar con normalidad.

El barman era guapo, tenía el cabello teñido de rojo con perforaciones en las orejas, nariz y cejas. Llevaba una playera de color negro, quizá de licra, lo suficientemente entallada sobre sus pequeños músculos. Guapo en su tipo. Me dio mi trago y me cobro.

-¿Primera vez aquí?-me dijo mientras me examinaba con brusquedad.

-¿Tan evidente es?-conteste con rudeza.

-Relájate y disfruta tu visita. No te será difícil encontrar lo que no buscabas…-su aliento me acaricio el rostro, pude sentir como me sonrojaba para luego voltearse y seguir atendiendo personas.

Durante las siguientes dos horas disfrute la música y observe el lugar a detalle. Paredes negras, techos altos y candelabros colgando de estos. Luces neón de color morado en la barra del bar. Un DJ que jugaba con la música y la nostalgia al mismo tiempo. Gente de todo tipo y clase. Eventualmente, comenzaron a salir bailarines y hombres haciendo performance. Algunos en solitario danzando con fuego y otros como dupla sadomasoquista en una mezcla entre amo y esclavo. Vi fuetes, dildos, nalgadas y hombres atados como perros. Había de todo para todos. Rubios, morenos, negros, asiáticos y pelirrojos. Poco a poco bajaron mis nervios pero seguía sin encontrarle sentido al estar ahí y decidí irme, fue cuando comenzó a sonar Goodbye Horses.

Estoy bastante seguro que lo soñé entre luces neón y paredes negras. Un adonis oscuro entre anemonas de humo, tragos y sensualidad. Un arnés marcando la fuerza de sus pectorales velludos mientras que, las chaparreas, hacían lo propio alrededor de sus piernas fornidas. Él bailaba sin prestarle atención a ninguno de los ahí presentes. Su mano agitaba un látigo contra cielo, cortando la respiración de cuanto hombre había a mi alrededor. Osos, amos, sumisos, godinez en trajes gris Oxford, curiosos envueltos en penumbra y alguna que otra Drag Queen con el maquillaje quebrado por el calor que no había notado hasta ese momento, todos, lo miraban. Incluso yo.

Era un sueño vibrante danzando sobre el escenario. Una oda a la masculinidad, un fantasma de alguna guerra perdida. Un ángel caído incendiando el lugar con el vaivén de sus caderas. Un sueño erótico enfundado en cuero. Entonces me vio, inmóvil de pie frente a tanta gente y me hizo un gesto con la mano. No podía moverme, estaba paralizado. En ese instante algo me despegó del suelo y me hizo flotar hacia donde él estaba. Me habían levantado los demás comensales y en mi estado de incredulidad no puse resistencia, solo lo miraba a él. Una vez frente a frente, me sentó en una silla y comenzó a atarme a ella. Estaba petrificado, temeroso, apenado y excitado. Todo al mismo tiempo. Intentar soltarse resultaba inútil, me había aplicado nudos de bondage mientras yo quería alcanzarlo sin éxito. Para cuando termino de atarme, siguió bailando frente a mí las siguientes seis canciones. Le causaba placer verme atado, pero no iba a suplicar, no le daría ese gusto.

Para cuando termino su acto, enredo su látigo y me arrastro con todo y silla tras bambalinas, mientras algunos gritaban.

-¡Pégame a mi! ¡Yo soy mejor sumiso que él!

-¡Llévame a mi!

-Ni que estuviera tan bueno. Llévame a mi.

Me dejó tras bambalinas, me guiñó el ojo y regresó al escenario. No sé cuánto tiempo estuve forcejando con los nudos, quizá veinte minutos o menos, no estoy seguro. Hasta que afloje uno de los nudos y pude desatar unas de mis manos y comencé a aflojar el nudo de mi otra mano para liberarme de la silla. Cuando estaba por lograrlo él volvió. Cerró la cortina y me beso. Nunca había deseado tanto unos labios como deseaba los suyos, y mientras nos besábamos logré desatarme y ponerme de pie.

Seguimos besándonos, olvidé por cuanto tiempo, olvidé que seguíamos tras el escenario, que mi celular vibraba en mi pantalón o que debía irme a casa. No estaba pensando. Mis manos tocaron su cuerpo sin temor alguno, sin reparo o vergüenza. Lo que sea que hubiese tomado el control de mí, no era mi yo tímido y tranquilo de todos los días. Era esa parte de mí que ignoraba y mantenía en las sombras. Fue un acto de deseo, sensualidad y descontrol. Un sueño oscuro.

Tiempo después entro el barman y me corrió. Antes de irme, el bailarín de sombras me abrazó y deslizó un pedazo de papel en la bolsa trasera de mi pantalón. Y me susurró:

-Valió la pena nalguearte…-me sonrió y el barman me hizo salir del lugar.

De nuevo en el callejón, pude revisar la bolsa trasera de mi pantalón. Era su número de teléfono. Puedo jurar haber visto una sombra desde una las ventanas de la casa, moviendo una de sus manos despidiéndose de mí. Nunca fui fan de los bares gay, pero aquella noche encontré un motivo para regresar a la oscuridad.

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