#NarrativaMágica

Llega después de las doce

Siempre venía conmigo después de las doce. Tenía llaves de mi casa y a veces también entraba por mi ventana.

Tomaba un vaso de leche frío y dejaba un bizcocho a medio comer. Yo lo esperaba ansioso en cama. Para esto ya había escuchado canciones que me hacían recordarlo.

Llegaba y se escabullía por debajo de las sábanas, a penas con el bóxer puesto, sentía su calor corporal. Yo ya estaba medio dormido pero sentía el calor de su cuerpo junto al mío. Me miraba; yo sentía que me miraba y me veía dormir con una sonrisa que se iba difuminando mientras la noche pasaba.

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Al despertar ya no estaba más en mi cama ni casa, y me ponía a llorar. Leía su nota que decía –regreso en la madrugada, prometo besarte hasta que mis labios se cansen.

Mi corazón se ablandaba y ya no me sentía más triste. Esperaba entonces que el día pasara rápido para que llegara a mi de nuevo, para que llegara a casa. Con él siempre me sentía seguro. No tenía miedo de nada ni nadie, era fuerte a su lado.

Así cayó la noche y mientras terminaba de cenar, mientras la ausencia me hundía un poco más. Cuando ya no me bastaba la compañía de mis gatas y la soledad se erguía frente a mi; rezaba que llegara y me salvara.

De tanto en tanto mis lagrimas caían desbordadas por toda mi cara. Un fuego interno me empezaba a quemar. Cuánta decadencia puedo habitar. Si él era la luz que ahuyentaba tanta oscuridad.

Siempre me gustó que pusiera sus manos sobre mi y con esa peculiar magia me rescatara de tanta soledad. Que su cuerpo y su boca me llevaban a explorar nuevamente mundos que nunca podría haber conocido sin él.

Pero dieron más de las doce y no llegaba. El vaso seguía vacío y sin leche, el pan aún tenía su envoltura, ya las canciones no bastaban para conservarlo en mi memoria. Lo veía, ahí distante, sonriéndome, saludándome. Ven, le repetía, pero él más se alejaba y de pronto me encontraba en un cuarto sin salida.

Caí en un profundo sueño esperando a encontrarlo al día siguiente dormido a mi lado. Llorando abrazaba más fuerte a mi almohada.

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Hasta que una noche, volví a sentirlo. Sus manos recorrían mis piernas y mi espalda, escuchaba que reía de forma delicada. Me pedía que fuera fuerte. Que el dolor pasaría. Lamentaba haberse ido sin ninguna despedida. Me beso por última vez, sentí sus labios tersos, de pronto dejamos de existir y nos volvimos parte del universo. Dejó su legado en mi cuerpo.

Siempre que son más de las doce, viene a verme, me besa, me abraza, habita en mí y después termina por irse.

Por: Francisco Hdez. Verdiguel

Ilustración: Irene Lemus

www.instagram.com/irenelemusv

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