Por Arturo De La Cruz

Apenas daba el medio día del sábado 28 de junio cuando cientos de miles de banderas multicolor y lábaros patrios ya inundaban las principales calles de la ciudad, un mar de gente de diferentes razas colores incluso nacionalidades, altos, bajos delgados robustos, morenos, blancos, hombres, mujeres, homosexuales, lesbianas, y bisexuales, y transexuales se dieron cita en el Ángel de la Independencia para después convertirse en una ola interminable de seres humanos con un objetivo en común: manifestarse para exigir algo que, lejos de ser una demanda, debería ser un derecho y una garantía para cada uno de ellos: el derecho al matrimonio, el cese a los crímenes por homofobia y a la discriminación social y laboral, y el derecho a la adopción principalmente.

Pero a cuarenta años de libre expresión, dentro de esta singular lucha por la igualdad en la que se conjuga, la alegría, color, los cuerpos, perfectos, el glamour y el maquillaje, y el amor, se encuentra inmersa una pregunta, que de ser definida la respuesta tal vez se verían resueltas algunas de las demandas de nuestra “creciente”, comunidad, ¿Es la Marcha del Orgullo una protesta o una celebración?

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De ser una celebración entonces a más de uno se preguntaría, si es que realmente para la comunidad LGBTTTI+ en nuestro país, hay algo que celebrar, cuando hasta ahora no han cesado los múltiples asesinatos violentos en contra de hombres, mujeres homosexuales y transexuales, cuyos casos aun yacen en la impunidad.

Cuando se permite que la gente sea despedida de manera injustificada de su empleos habituales por una simple y deliberada especulación de su conducta sexual.

Cuando la iglesias católica se ha visto forzada a realizar uniones religiosas entre personas del mismo sexo de manera extraoficial al descubrir la creciente demanda de uniones de este tipo por parte del sector de la sociedad que profesa su religión bajo la premisa de “la iglesia los respeta pero no compartimos ideas”.

Cuando en nuestras leyes el matrimonio homosexual es solo un sueño y la adopción ni pensarlo, pero podemos leer en el periódico que una joven madre enterró vivo a su pequeño recién nacido para ocultar su falta de escrúpulos y que no debe ser castigada.

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Cuando la opinión de nuestros políticos al respecto del tema se excusa tras las retrogradas palabras de instituciones obsoletas que dicen luchar a favor de la familia.

Cuando nos tratan por todos los medios de llenar la cabeza con mensajes de odio y “terapias de conversión” cuando algunos aún tenemos miedo de tomar de la mano a nuestra pareja en la calle o salir de casa usando maquillaje.

Y si bien el motivo de esta marcha fuera el de celebrar entonces habría muy poco de que hablar lo cual no indica que no existan logros importantes que mencionar como la aceptación de la compaña publicitaria en contra de la homofobia en la cual participan ya medios importantes de comunicación en televisión y radio así como, diversas instituciones, y la evidente apertura en medios de comunicación respecto al tema.

Aun así desafortunadamente la lista de hechos que pueden ser rescatados y celebrados cada año en esta marcha es vergonzosamente inferior comparado con la lista de injusticias a las cuales esta terriblemente propenso este aun desprotegido sector de la sociedad.

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A final del día es evidente, aun hay mucho que decir y tenemos mucho que aprender de esta situación que lejos de ser cuestión de tolerancia, es cuestión de respeto, sin duda esperamos que nuestras voces se hagan escuchar no solo para saber que estamos aquí presentes si no para unir esfuerzo que faciliten y mejoren nuestras condiciones de vida, al final si bien hay algo que la comunidad tiene que celebrar son estos cuarenta años de libre manifestación de nuestra diversidad, pero también tenemos mucho por que luchar empezando por hacer valer todos y cada uno de nuestros derechos, tal vez solo sea cuestión de establecer prioridades.

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