Cultura

#LetrasRubias: Oasis

¡Verano en la ciudad!

De nuevo se puede sentir el sofocante calor al transitar por las calles de esta, tan ajetreada Ciudad de México. Es como si de una gran ola de luz se tratase, me puedo imaginar la luz recorriendo todos los espacios de esta urbe, mientras nos derretimos bajo el sol. La onda de calor se puede sentir en el tránsito de las grandes avenidas, en el andar de las personas en las aceras y en aquellos que se pierden en ilusiones mientras sueñan despiertos.

Sobre la calle de Madero, por ejemplo, siempre hay alguna cara nueva que ver entre la aglomeración de personas, hay vida a todas horas. Todos los días. La naturaleza humana se puede percibir en diversas formas, tamaños y colores, a lo largo de esta pequeña fracción de jungla urbana. Godinez trajeados corriendo desesperadamente, para tomar el trolebús en Eje Central o compitiendo con otros, por ser los primeros en detener un taxi. Prisioneros del reloj, esclavos modernos del tiempo.

Mujeres fascinantes haciendo múltiples cosas a lo largo de la calle. Algunas absortas en libros que sostienen entre las manos frente a un computador portátil y una taza de té chai. Otras tantas, conteniendo un mundo de emociones mientras corren de un lado al otro de Madero. Algunas con niños a los que sujetan de la mano al cruzar las calles y otras tantas, la gran mayoría fantasean con la ropa detrás de los escaparates. Vendedores ambulantes, que tienen toda clase de productos al alcance de unos cuantos pesos. Artistas callejeros disfrazados de súper héroes, en aras de salvar a los transeúntes de mayor edad de la rutina y a los más pequeños, de un mundo sin ilusión, ilusión que puede fotografiarse y cuesta tan sólo veinte pesos.

Hay de todo sobre Madero, un Mix Up, abajo del Museo del Estanquillo, turistas entrando y saliendo del Vips después de haber comido enchiladas suizas, pensando que han sobrevivido a la comida mexicana sin saber, que las enchiladas suizas carecen de picante. Músicos callejeros con violines o chelos mágicos que atraen a las personas a los callejones y, algún tenor o soprano cantando desde alguno de los balcones del Sanborn’s de los azulejos. Gente comprando botellas de agua, para mitigar el efecto del calor con algunos de los vendedores cerca de la Torre Latinoamericana, mientras que otros hacen fila para subir al mirador de la misma. En esta calle, siempre hay personas con una historia para contar, sólo falta prestar un poco de atención. Incluso yo misma, quien les describe el recorrido, tengo mi propia historia para contar.

Mi nombre no importa mucho, porque lo que busco contar con mi historia, es que puedas hacerla tuya, sin ninguna restricción. Lo que importa qué recuerdes, es que me encontraba caminando sobre la calle de Madero, un jueves caluroso, a eso de las seis de la tarde, hora en la que, los oficinistas salen de trabajar y corren disparados a los diversos cajeros automáticos para corroborar, si sus pagos han sido depositados. Mientras la calle se llena de transeúntes dispuestos a volver a casa, cenar en el Centro, o disfrutar de un buen trago en algún bar. Yo tomo fotografías. Soy fotógrafa amateur, esto lo digo porque a pesar de que me gano la vida con mis fotografías, aun no he conseguido capturar la imagen perfecta. Una imagen que evoque a la vida misma de forma casi certera y vibrante, como si pudieras perderte dentro de la imagen. Supongo que soy una quisquillosa perfeccionista (mamona para los cuates sí así deseas verlo) buscando el amor en una fotografía.

Los psicólogos suelen decir que los artistas sublimamos, es decir, que creamos arte queriendo hacer nuestras vidas más llevaderas. Yo en lo absoluto me considero una mujer virtuosa o artística. Simplemente hago lo que me gusta y recibo un pago por eso. Pero ese jueves, estaba tomando fotos por placer, capturando risas, luces proyectando sombras raras, el cambio de color en las nubes y personas sonriendo. Estaba a punto de llegar al Zócalo, estaba sobre Madero casi esquina con La Palma, cuando algo, bueno, alguien llamó poderosamente mi atención. Una chica al otro lado de la calle. Su cabello era del color del trigo tocado por el sol. No era muy alta, quizá un metro con cincuenta centímetros. Me parecía que tenía un lunar en el lado derecho de su cuello. Era blanca, sin llegar a parecer un vaso de leche, y a pesar de ser menuda, poseía unas pantorrillas de ensueño. Llevaba puesto un vestido de color rojo y estoy casi segura de que sus labios eran carnosos de color, un rosa muy pálido, y tenía una nariz pequeña. Pero el detalle más poderoso en ella, eran sus ojos. Verde intenso, como perderse en un bosque. Sus ojos, simplemente eran del color del verano. Tan intensos que podía diferenciar el color de sus ojos al otro lado de la calle. Era una muñeca que me había robado el aliento. Algo extraño estaba pasando conmigo, estaba mirándola, sin poder moverme como clavada al piso. Creí en ese instante que estaba sufriendo, una especie de conato de infarto. Me sudaban las manos, mi corazón latía tan violentamente que podía escucharlo retumbar contra mis costillas. Mis manos sudaban y mi pulso, se había disparado. Sé bien que, había personas a mí alrededor, lo sé porque alguno me dio un codazo al pasar junto a mí. Pero seguía sin poder moverme.

Una gota de lluvia, se precipito sobre mi cabeza. El semáforo seguía sin cambiar al rojo para los automóviles y no podía moverme. La chica estaba frente a mí, al otro lado de la calle, nublando mi cabeza, haciéndome sentir más de la cuenta. Pero ella seguía sin mirarme, a pesar de estar justo frente a mí, a unos cuantos metros de distancia. Ella no había reparado en mí.

La lluvia comenzó a caer. El semáforo seguía sin cambiar al rojo. Algunos transeúntes atravesaron la calle a la Viva México, corriendo de un lado al otro de la calle preocupados más de no mojarse, que de evitar ser embestidos por un automóvil. Niños llorando al ser arrastrados por sus madres rumbo al metro, personas corriendo a los establecimientos más cercanos para guarecerse de la lluvia. Gente corriendo en todas las direcciones, mientras la lluvia caía. El semáforo por fin cambió al alto, y la chica vestida en rojo, abrió sus bellos ojos verdes, para mirarme, para mirar en mi dirección mientras cruzaba la calle.

A lo largo de mi vida había escuchado, leído e incluso conocido a personas, que aseguran creer en diversas cosas inexistentes, entre ellas, el amor a primera vista. Lo único que puedo decir con certeza, es que mientras ella caminaba hacia a mí, lo sentí. Esa chispa indescriptible capaz de hacerme perder la cabeza, supe que en efecto, fue amor a primera vista. Mientras las gotas de lluvia se perdían en su escote, su mano rozo ligeramente mi brazo. Supe que era real, ella se había convertido en el punto fijo del mundo en movimiento. Un Oasis fantástico en medio de un mar de gente.

Paso a mi lado sonriendo, me gire para seguirla, incluso al fin del mundo sí me lo hubiese pedido. Me sonrió para desaparecer entre la multitud.

Mi amor se fue con ella, para nunca más volverla a ver.

 

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