Amor adulterado

El bar abría a partir de las nueve de la noche. El barman siempre era el centro de atención de todos los hombres que iban a divertirse. Tenía una altura digna de un modelo de pasarela, sus ojos eran de color miel con pequeños destellos de verde; su cuerpo era estilizado, parecía una de esas esculturas grecorromanas; su pelo era rizado y de un negro profundo y misterioso; su piel era pálida pero hermosa al exponerse a la luz. Todos iban en gran parte a verlo a él mientras les servía sus tragos y cervezas.

Era entonces cuando José llegaba. Un hombre ya entrado en la edad adulta; tendría unos cincuenta años. Sus canas decoraban su pelo y barba un poco descuidada y sin arreglar. Su cuerpo a diferencia del barman era muy común, ni gordo ni flaco, no era tampoco un dandy. Sin embargo él era también muy conocido, pues siempre iba cada viernes a derrochar su dinero en tragos y en jugosas propinas que le dejaba a su amado.

Su obsesión era tanta que siempre llegaba con un ramo de rosas, algún regalo caro y unos chocolates. Cualquier otro hubiera visto en José una mina de oro y regalos. Lo cierto era que al barman poco le importaban esas atenciones, pues no era el único señor que le llevaba presentes.

Una noche José sintió gran impulso de ir más allá de su relación cliente-barman. Esa noche antes de que José se arreglará en su casa y se pusiera su mejor ropa y loción para su amado, había tenido una siesta. En un sueño él vio a su querido barman pasear de la mano con él, lo veía y ahí podía tocarlo, desvestirlo, casi usarlo a su antojo. Era suyo, su cuerpo y sus sentimientos eran de su propiedad. José al despertar de ese maravilloso sueño, se animó a aventurarse a platicar e invitarle a salir.

Así fue como ya entrada la noche y con unas copas de más, José comenzó su plan de salir con él. Le hervía la sangre, sus pupilas estaban dilatadas, unas cuantas gotas de sudor detonaban gran nerviosismo. Pudo platicar un tiempo con él, cuando todos sus clientes estaban ebrios y ya no podían pedir más de la barra. Ahí, en esa quietud, José vio una luz de esperanza de poder acercarse más a él, de llegar a ser íntimos.

Así platicaron un tiempo. Claro que hubo risas y sonrisas que bien podrían detonar coquetería. Al dar las tres José ya estaba a nada de perder la razón, de lo mucho que también había bebido. Al momento de pedirle a su barman una cita a solas. El apuesto barman con un cordial estrechon de manos se despidió de él y se fue volando hacia bastidores.

José desesperado, salió a prisa fuera del bar. Recorrió un pequeño tramo hacia la parte de atrás del edificio. Ahí presenció algo que bien le destrozó su corazón. Era el barman besando a otro hombre de igual atractivo. Se podía sentir gran erotismo al verlos besarse. Ahí José se sintió tan pequeño y vulnerable. Unas cuantas lágrimas salían rozando sus mejillas, su corazón se había roto como un vaso de vidrio al caer precipitoso al suelo. Rápido huyó antes de que su presencia fuera molesta para los dos amantes.

Corrió, sollozando, viendo a la luna deseando desaparecer. Pues a su amante se lo había robado otro hombre.

Por: Francisco Hdez. Verdiguel.

Ilustración por: Irene Lemus.

http://www.instagram.com/irenelemusv

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Jake Q dice:

    El verdadero dolor quedo en la ilusión, el verle fue duro desde lo obscuro del rincón por que
    -Él es de otro menos mio.
    Suele pasar que estar detrás da más inseguridad que seguridad pero seguimos siendo el soñador que espera todo tras bambalinas.

    Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: I Follow Rivers

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